sábado, 7 de julio de 2007

Diseño de protesta









La protesta es parte esencial de una sociedad democrática sana y, como ciudadanos, la habilidad para expresar nuestra opinión no solamente es nuestro privilegio, sino también nuestra responsabilidad. En los últimos años, hemos ido adquiriendo un mayor conocimiento de los problemas y conflictos internacionales que, directa o indirectamente, afectan nuestra vida cotidiana.

A lo largo de la historia, los diseñadores han utilizado sus recursos para mostrar su protesta y, desde la aparición de Internet, han incrementado las posibilidades de difusión de sus carteles y otros materiales gráficos. Una imagen vale más que mil palabras y los diseñadores han aplicado este lema para la creación de diseños simples y contundentes que transmiten, de forma inmediata, conmovedores mensajes. Este libro muestra aquellos trabajos gráficos que se centran en las diversas problemáticas políticas y sociales en todo el mundo.
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Imágenes de la exposición en la School of Visual Arts, New York.

Diseño de protesta
por Tony Kushner

Al principio de La Cartuja de Parma de Stendhal, el ejército francés llega a Milán,cuyos ciudadanos, bajo el despótico gobierno del Sagrado Imperio Romano, ‘seguían sometidos a ciertas restricciones monárquicas que los humillaban’. Stendhal escribe:

‘… al archiduque, que residía en Milán y gobernaba en nombre de su primo el emperador, se le había ocurrido la lucrativa idea de especular con el trigo. En consecuencia, se prohibió a los labradores vender sus granos hasta que su Alteza hubiera llenado sus depósitos.

En mayo de 1796, tres días después de la entrada de los franceses, un joven pintor miniaturista llamado Gros, que estaba un poco loco y que más tarde alcanzaría la fama, llegó con el ejército y oyó contar en el gran café de los Servi (que entonces estaba de moda) las hazañas del archiduque, que era un hombre de extremada corpulencia. Gros cogió la lista de los helados, impresa en una hoja de un feísimo papel amarillo y, dándole la vuelta, dibujó a un soldado francés dando un bayonetazo en la barriga del obeso archiduque, de la cual salía trigo en vez de sangre. Esa cosa llamada broma o caricatura era desconocida en esta tierra de cauteloso despotismo. El dibujo, que Gros dejó encima de la mesa del café de los Servi, fue como un milagro del cielo; aquella misma noche se grabó y al día siguiente se vendieron veinte mil ejemplares’.

Esta imagen tiene por lo menos tres características en común con otros ejemplos de disidencia gráfica: es impactante, es inteligente -incluso en cierto modo divertida- y resulta inmediatamente inteligible. Y quizá comparte aún otra característica: es, o por lo menos lo parece, clandestina, peligrosa, prohibida. La resistencia emite un destello en la oscuridad. Un trozo de papel arrancado del menú es abandonado sobre una mesa de la cafetería para que otros lo encuentren, otros que saben lo mismo que sabe el artista: que una orden violenta, injusta y criminal debe ser abolida. Una verdad flagrante que aún debe organizarse, formularse, que no puede ser expresada a voces, que sólo puede susurrarse o murmurarse, una verdad confinada detrás de la superficie del discurso público queda por fin liberada, pregonada a los cuatro vientos, un grito de rebeldía que lo dice todo, un grito que quizá es más poderoso aún por ser completamente silencioso, expresado por una caricatura, enteramente visual, sin necesidad de palabras, como si dijera sin decir nada: ‘Todos sabemos la verdad, todos hemos sabido siempre lo que aquí se representa, por eso es tan reconocible. Y ha llegado el momento de revelar el secreto abiertamente en los espacios públicos; ha llegado el momento de actuar’. Como advierte Freud, cuando lo que está reprimido regresa, lo hace con una fuerza inmensa.

Stendhal escoge el pequeño acto de diseño gráfico/terrorismo de Antoine-Jean Gros como símbolo de un punto de inflexión en la concienciación política, del despertar de un pueblo oprimido que toma conciencia de que ‘lo que había respetado hasta entonces es soberanamente absurdo y a veces odioso’. La ejecución pública del tirano, la cornada de este avaricioso aristócrata, había estado en la mente de todos, pero necesitaba el gesto impulsivo, casual, casi accidental, de articulación pública de Gros para que la mente y el espíritu colectivo del pueblo dieran un salto hacia delante para saludarlo, abrazarlo y actuar gracias al fuego prometeico de la libertad que les había ofrecido. Stendhal describe una de esas imágenes que cualquiera ha vivido por lo menos una vez en la vida: una imagen en un cartel, completamente nueva pero esperada, con el poder de lo desconocido, como si un completo extraño en la calle se tropieza contigo y te revela con toda claridad algo familiar pero completamente privado, algo en lo que sólo tú, y otros pocos, crees. Efectivamente milagroso. La política es el escenario de lo milagroso, donde lo colectivo y lo comunitario, tantas veces reprimido, tan enconadamente suprimido, escenifica su retorno, donde las verdades eternas y las estructuras inmortales pueden disolverse guiñando un ojo, en el tiempo histórico, donde el cambio y no la inmovilidad es la única constante. Marianne Moore describe a la perfección el milagro de la política: ‘Lo que es imposible de forzar, es imposible de impedir’.

Es incluso más que un milagro que, en la historia de las revoluciones políticas, el hecho de forzar lo imposible haya sido catalizado a menudo por algo tan frágil como un cartel adherido a la pared -el cartel adecuado en la pared adecuada en el momento adecuado-. Lo milagroso no es que el diseño gráfico, que utiliza el impacto, el ingenio y la claridad que surgen de la necesidad, pueda incitar a la acción, a actos de valentía y sacrificio más allá de la costumbre y el miedo. El arte es capaz de eso; el arte siempre produce este tipo de efecto. El arte no cambia nada, excepto a las personas, y así como el arte puede cambiar a las personas, las personas lo cambian todo.

Lo verdaderamente milagroso es que, con lo difícil que es diseñar el cartel adecuado -y ha de ser realmente muy difícil- siempre parece haber alguien dispuesto a encargarse de ello cuando los tiempos lo exigen. Pensemos en el milagro de John Heartfield, Käthe Kollwitz, Aleksander Rodchenko, Casimir Malevich, Vladimir Tatlin, los diseñadores de SILENCIO=MUERTE de ACT UP, los artistas que han editado esta publicación y que están representados en ella. Llega un momento en que la verdad silenciada se convierte en una verdad pública, una verdad colectiva: la presión de las necesidades humanas llega en el momento justo. Las necesidades humanas conjuran el momento mesiánico, por lo menos algunas veces.

¿Existe una historia oscura de movimientos políticos embrionarios que hayan sido abortados por deseo de un gran diseñador? Deberíamos ser cautelosos al exigir tanto al arte, pero los fuegos se apagan si no se los aviva. Sospecho que esta historia existe, pero no estoy seguro de querer que alguien se moleste en desenterrarla.

Volviendo al fragmento de La Cartuja de Parma, debe decirse que Gros dibuja su caricatura tres días después de que los franceses hayan tomado Milán y cuando el reinado del archiduque ha llegado a su fin; más que simplemente ayudar a derrocar a un tirano, Gros también desempeña su papel en la consolidación de la dominación francesa en Milán, que sustituye al dominio austrohúngaro/español. La infalible ironía de Stendhal le llevó a esto: un archiduque gordo como un cerdo ensartado gráficamente por un caricaturista cuyo nombre significa ‘grande’ -y que en realidad se hizo ‘famoso’ como pintor conservador antirromántico cuyas telas épicas halagaban a los emperadores y reyes de nuevo cuño (y que al final de su vida se suicidó)-.

No es nada nuevo: la política es impura; lo actores políticos, humanos y falibles; y las luchas entre opuestos nunca llegan al límite. Los admiradores del gran grafismo político del siglo XXI no pueden evitar sentir inquietud al apreciar el poder de diseño para catalizar el cambio. Hemos visto demasiadas veces que el diseño vende mentiras monstruosas, y conocemos la estrecha relación que existe entre el proceso de vender y crear marcas, entre las técnicas de mercado y el hecho de convertir un producto en un bien de consumo, la interdependencia íntima entre arte gráfico y empresa y comercio. El mercado ha creado el diseño gráfico, su vocabulario, su espacio cósmico. Esto significa que la apreciación del poder creciente del diseño gráfico político nos lleva a reconocer lo ineludible que resulta el lenguaje de la opresión y la explotación, incluso en la lucha contra la opresión, una apreciación plasmada por los franceses con mayor elegancia que por cualquier otra cultura, desde Stendhal a Althusser, pasando por Proust. Esta toma de conciencia puede llevar a la desesperación si se llega a la conclusión de que el cambio es imposible, o a la esperanza si se llega a la conclusión de que cualquier fenómeno, incluido el lenguaje y el lenguaje de la opresión, lleva en sí mismo las semillas de su propia disolución.

Tan grande es nuestro conocimiento, en los primeros años del siglo XXI, de todo lo que ha existido antes de nosotros, tan vasta es nuestra experiencia de los éxitos humanos, así como de sus vacilantes y holocáusticos fracasos, y tan sofisticada es nuestra comprensión de lo poco que entendemos, de lo vagamente que entendemos, que un cinismo tóxico invade nuestro espíritu y bloquea nuestra capacidad para la fe, para la esperanza, para imaginar el cambio -y en consecuencia bloquea nuestra pasión, nuestra imaginación-. Estos carteles, estas obras de arte, poseen un poder restaurador. Cada uno de ellos es un argumento que se estampa indeleblemente en el ánimo del transeúnte; aceptados o rechazados, el argumento, la reivindicación o la exigencia pueden convertirse en una chispa en la máquina dialéctica de la conciencia, de la vida humana. Lo mejor de estos carteles habla con una fuerza directa, más allá de nuestra valoración o contemporización, incluso de nuestrosescrúpulos o nuestra sabiduría, a nuestra pasión, nuestro apetito, nuestro ávido afán de comprensión comunitaria, acción colectiva, pertenencia, justicia y cambio’

Copyright del texto: Tony Kushner
Copyright de la edición: Editorial Gustavo Gili SL