lunes, 23 de mayo de 2016

Yo me rebelo (diseñando), nosotros existimos

Lo público es lo que está por hacer
Plantear lo público es situarnos en el territorio de lo común, de la razón común. Tomar la vida social como un problema común. Recuperar esta idea de «mundo común no es una forma de escapismo utópico. Todo lo contrario. Es asumir el compromiso con una realidad que no puede ser el proyecto particular de nadie y en la que, queramos o no, estamos ya siempre implicados.» (Garcés 2013, 14)
Diseño público, agitación cultural y social
Lo público es un lugar convulso donde se produce la agitación y el combate del pensamiento. Es el espacio vulnerable del compromiso continuo, lo inacabado y la dimensión social de lo común. Lo institucional se relaciona con lo público desde la representación, se apropia y sabotea lo común dándole una identidad que no le es propia. Sin embargo, hay otro modo de estar en la arena pública y de relacionarse con las cosas: la acción. Esta excitación es receptiva y activa. Sabe que lo público es inapropiable, que produce una transformación social y cultural compartida por y para todos. Y que se mueve por un vínculo humano de compromiso cómplice y solidario.
El diseño público es emancipador porque anticipa «la transformación libre y colectiva del mundo que compartimos» (Garcés 2013, 22). De la misma manera que propone la creación y transformación colectiva de las condiciones de vida en común. Sin coimplicación no hay mundo en común. Pero estar-juntos implica ser críticos, ver que nos separa y luchar para construir un modelo común que sea realmente público.
El diseño y la sociedad tienden al individualismo. El espacio y las relaciones han sido privatizadas. Por esa razón lo público tiende a la precarización y a prestar atención a los múltiples modos de vida que son expulsados y marginados. El espacio público se convierte en un lugar para la violencia afirmativa. Es el sitio para la lucha por el reconocimiento permanente de los derechos y de las identidades. El diseño público es una herramienta para visualizar estos problemas y para desmontar la indiferencia promovida por los modelos privados. El diseño público puede ayudar a construir mayores y mejores vínculos comunitarios.
Lo público se ejemplifica en lo colectivo como una fuerza abierta y emancipadora. Lo público nace de un contrato social. Sin embargo, el tiempo ha demostrado que este contrato es ficticio y se propone más como una sumisión que como lo que debería ser: intercambio libre. Hemos privatizado voluntariamente lo público para poder controlar todas las cosas, y con ello, hemos dado una dimensión privada –privativa– a toda nuestra existencia. Público no significa orden ni obligación. Público quiere decir nosotros, experiencia común, pertenencia abierta, desposesión, solidaridad entre iguales. Por ello debemos luchar para volver a conquistar y expandir los límites de lo público y, así, rescatar una idea de lo común que ha sido secuestrada por los poderes económicos, políticos y culturales.
La agitación, el antagonismo son el motor de lo público. Transformar el mundo colectivamente utilizando la creatividad social y apropiarse de lo que es común es la auténtica política de lo público. Y esta práctica democrática se puede llevar a cabo utilizando el arte y el diseño para proponer de forma cooperativa otras «formas de representar y de reconocer la realidad» (Garcés 2013, 38). Lo público es el poder de lo común y el diseño público participa de «la productividad ontológica del amor como potencia de colaboración social presuntamente ajena a la parasitación capitalista de las relaciones subjetivas» (Garcés 2013, 38). El diseño público debe promover la experiencia de la igualdad, la cooperación abierta en orden a producir y compartir la riqueza.
La politización del diseño público
El diseño público es, por naturaleza, político y su función es emancipadora. Hacer diseño público es «crear nuevas posibilidades de vida como forma de resistencia al presente» (Garcés 2013, 42). Exige un compromiso permanente con las múltiples formas de vida. Se enfrenta al ciudadano-consumidor que disfruta la indiferencia y propone el reconocimiento, el respeto y la tolerancia del nosotros. Expresa mediante la imagen y la palabra la potencialidad revolucionaria de lo inapropiable.
Lo público ha sido expropiado, rediseñado, vendido y privatizado. Es un ejemplo más de la «precariedad generalizada de nuestras vidas» (Garcés 2013, 50). Ahora toca ponerse manos a la obra y reconquistarlo ayudándonos mutuamente. Las prácticas colaborativas, la cooperación social y el procomún alejados de los modelos privados, empresariales, corporativos e institucionales, serán una herramienta esencial para llevar a cabo nuestro trabajo.
Lo público se manifiesta en la fuerza de lo común: la insumisión. Frente al poder político y económico institucionalizado que impone sus normas de forma incuestionable, lo público se presenta como agitación. Una «fuerza común y anónima del rechazo, la fuerza amistosa del No» (Garcés 2013, 52) que une a las personas y las vuelve solidarias contra los abusos del poder privado. Lo público se manifiesta en el derecho a denunciar. Lo público es revuelta colectiva que saca al hombre de su soledad. Es deseo de autonomía y dignidad común. Lo privado es cárcel y vergüenza. Lo público es fuerza anónima del rechazo. «¿Qué encuentra el yo que en el rechazo, la revuelta o la visión de lo intolerable es arrancado de su soledad? Lo que encuentra es el mundo, que deja de ser un objeto de contemplación y de manipulación del sujeto, para ser experimentado como una actividad compartida. Lo que encuentra, por tanto, no es una comunidad sino un mundo común.» (Garcés 2013, 55).
Lo privado no funciona, se impone y se mantiene gracias al sistema. Lo público, aunque funcione, está en continua construcción y destrucción, es un campo de batalla. Lo privado es el poder individual que se compra y se vende, mientras que lo público se vive y exige un compromiso común sin límites.
Lo público es exponerse e implicarse. Elegir y participar no es implicarse. «La creatividad (social, artística, etc.) es lo que se muestra, se exhibe y se vende, no lo que se propone. Lo que se nos ofrece así es un mapa de opciones, no de posiciones. Un mapa de posibles con las coordenadas ya fijadas. Tratar lo real con honestidad significa entrar en escena no para participar de ella y escoger alguno de sus posibles, sino para tomar posición y violentar, junto a otros, la validez de sus coordenadas.» (Garcés 2013, 71).
Lo público exige reencontrar nuevas percepciones, sentimientos y conciencia. Provoca la necesidad de compartir y transmitir los posibles. Produce el efecto de una autoconvocatoria para participar en una creación común. Lo público no es un producto ni un patrimonio. «Es una actividad viva, plural y conflictiva con la que hombres y mujeres damos sentido al mundo que compartimos y nos implicamos en él.» (Garcés 2013, 77).
La función de lo público es desapropiar la cultura
Lo público, lo que es de todos, no pertenece a nadie, ni siquiera a los poderes públicos. Su función es provocar otras experiencias y relaciones, desapropiar la cultura y darle nueva fuerza transformadora. Lo público es el lugar para el intercambio de saberes, la educación abierta y colaborativa: el procomún. En este mismo sentido, el diseño de lo público se manifestará en la realización de signos y formas emancipadoras que fortalezcan lo comunitario. El diseño público debe dar(nos) que pensar desmontando la indiferencia a la estamos acostumbrados como ciudadanos-consumidores-espectadores. Debe provocar en nosotros un deseo de cuestionar las cosas y compartir la experiencia de lo imprevisible.
Los principales problemas con el que se enfrenta lo público son tres: los dispositivos de estandarización (procedimientos, evaluación, rentabilidad/productividad), los mecanismos de expropiación (privatización, burocratización) y la diversificación indiferente (arbitrariedad, opciones personales, estilos de vida). La única forma de luchar contra su instauración es «asumir el pensamiento como problema y no como solución» (Garcés 2013, 99). Comprometerse con la verdad mediante un continuo combate del pensamiento. Evitar las opiniones y los pensamientos privados. Y comenzar ahora mismo a diseñar un mundo común.
Reflexiones nacidas de la lectura de:

Garcés, Marina (2013). Un mundo común. Edicions Bellaterra, Barcelona.

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